San Colofón de las Falsas Promesas,
retorna a tus mentiras narcisistas.
Santa Lerdicia de los Pasos Lentos,
que las maratones te sean leves.
San Crepúsculo de los Cromosomas Cruzados,
acércate a los críticos con mansedumbre.
Santa Bóvila del Crecimiento Precoz,
practica tus libaciones en otras fuentes.
San Perifollo del Orgullo Gay
que tu nombre preceda tus procesiones.
Santa Emérita de los ojos tristes,
búscate otro rey de verbigracia.
San Patrocinio de las Causas Efímeras
que los humos te sean propicios.
Santa Lutecia de los Vicios Ocultos
que tus llagas públicas sean gozosas.
Veo a la golondrina
entrar y salir
por los ojos del puente,
con sus vuelos rasantes,
giros inesperados,
recortes en el aire,
loops de aviador acrobático,
una alegría inverosímil,
de un desprendimiento,
de una felicidad
que me retrotrae a mi infancia.
Cuando quiero darme cuenta,
¿dónde está la golondrina?
desapareció de mi vista,
voló lejos, se perdió en un pasmo,
¿es aquel punto lejano
que deja un rastro de hombre perplejo
que no sabe
ni cómo, ni cuando, ni por dónde
se fue la golondrina?
Camino a la superstición
me encontré un cristal
medio enterrado en la arena.
Era de color verde opaco
con las aristas redondeadas,
pulido por una intemperie
de lunas y serpientes,
pasos de centuriones y dromedarios.
Conservaba la calidez
de los muchos soles acumulados,
de melazas derramadas en los agostos
de los desiertos insomnes.
Era un auténtico amuleto
de duración y salud.
Lo conservé en mi bolsillo
acariciando la rugosidad virtuosa
que emanaba al menor roce.
Lo volví a dejar
a la puerta de una casa triste.
El amuleto que yo buscaba
era otro y tenía que ver contigo.
No pararía hasta encontrarlo
aunque perdiera la salud en el intento.
La tentación siempre sigue ahí:
la de hablar con abstutricias de tornasol
que irisen las clemencias
de las rosas insufribles,
para que induzcan las feroces barracas
a febriles indicios de salud y pesetas,
así, claro,
para que nadie nos entienda,
como si,
que nos entendieran
fuera algo crésido o prístino.
He dejado
la puerta de mi casa abierta
para que se entre por ella
toda la arborescencia
de una aurora sin consigna
y un latido sin penitencia.
Abierta y abierta
para que se vaya entrando
todo el bosque con su niebla,
la oruga, el zorro, el inspector
y la alimaña tensa,
para que pasen y vean
en un horizonte desnudo
las miradas que los reflejan,
el conmovido, el que tiene sed,
el que nada tiene y el que sólo sueña,
para que entren a la luz
de una lumbre dispuesta
y miren y se sienten y conversen y duerman
y digan que mi casa no es una casa
que mi casa es una ausencia,
un sencillo lugar de paso
como tantos en la tierra
donde no se discuten razones
ni se reparten sentencias.
Este bloc, si los dioses benevolentes lo permiten, tendrá la duración de un año. Cada día, si mi pereza benevolentemente lo permite, subiré el dibujo de una casa y un poema.
Un poema es un prisma de luz que uno se encuentra en las arenas del camino. Más o menos sucio, rudimentario, transparente u opaco, procuraré que esté lo suficientemente limpio para que haga su función de reflejar la luz, que es como darla de nuevo, o penetrar en una oscuridad y dar claridad y consuelo, o permanecer como un objeto bello, talismático, que oriente la confusión y la deshaga entre la luz del día y permita asumir la realidad con el menos daño posible.
De pequeño, yo tenía un sueño recurrente: encontraba monedas enterradas en la tierra. Bastaba escarbar un poco y aparecían aquellas monedas de cinco pesetas o de cuatro duros de nuestra infancia. Al verme recoger tantas monedas, otros se acercaban a escarbar a mi alrededor. Yo seguía sacando monedas de más valor que los que se afanaban a mi lado.
No sé muy bien por qué relaciono aquel sueño de encontrar monedas con este propósito de hacer poemas. Yo veo un hilo conductor entre una cosa y otra. Tal vez tenga que ver con que ambas cosas se encuentran escarbando un poco. La realidad y lo onírico se juntan en el brillo de una moneda o de un poema. En fin, dilucidar. Lo dejo para otro día. Me interesa la cción. Ponerme en marcha con el dibujo y el poema. La teoría, otro día.
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