Los rostros del mundo (65) Oración XII

ORACIÓN XII A

¡Oh Señor de la luz, que todo lo ves!
que conoces el fondo oscuro
      de las malas intenciones,
el corazón cainita de los hombres
      que creen lo que ignoran
y quieren ser más que sus hermanos;

A ti, Señor de la luz, ¡te imploro!
dame la lucidez necesaria
para entrar en la mente del otro,
entrar en el arquetipo mitológico,
en el núcleo de la energía del alma humana,
en el fuego interior donde se funden
los metales de las contradicciones.

Ese es el conocimiento que quiero
para vivir en el perdón de los pecados,
libre y a salvo de la maldad que nos circunda.

Los rostros del mundo (63) Canción Loquillo

CANCIÓN ROCK 1

Tu eres la luz, 
yo soy la sombra
mi corazón
siempre te nombra.

Tu eres mi reina,
yo tu soldado,
eres el pie
de mi zapato.

Sobre mi tierra
eres la iglesia
donde yo busco
consagración 
y primavera.

Custodias el tiempo
del universo,
si yo me duermo
tu eres mi sueño.

Si no me miras,
todo es mentira,
se hace oscuro
como una mina

Si no me ves
yo ya no existo,
eres la voz
de mi destino.

Todo mi cuerpo
busca imantado
el corazón
de tu costado.

Los rostros del mundo (59) Soy una invención

SOY UNA INVENCIÓN

Soy una invención
No dejo de ser realidad

Soy una realidad
No dejo de ser invención

Puedo parecer irreal
Pero no soy falso

Por más que mienta
No dejo de ser verdadero

Ser siempre el ser
Impide ser el no ser

No ser siempre el ser
Puede permitir el no ser

En la contradicción
Soy una rana en el agua

En el agua de la balsa
Me baño como una naranja.

Los rostros del mundo (57) El poema

EL POEMA

He de confesarte, amigo Julio
que prefiero el poema acotado 
por su marco de intenciones,
aunque sean mínimas,
aquel en el que el poeta se lee a sí mismo
en el mundo
y se hace crítico, lúcido y compasivo
y me tiene en consideración,
yo que pasaba por allí
y me entretuve curioso o seducido
o con ansias de conocer,

antes que ese otro poema
en el que el poeta se diluye en la luz,
se abstrae y elucubra en la mendacidad
de su espíritu que cree sublime
y que finalmente no pasa
del umbral de su miseria balbuciente.

Una cosa es el misterio insondable,
el abismo del alma
al que el espíritu se acerca 
      con devota dedicación,
y otra, muy distinta,
es la afectación de una elevación 
      que no se tiene, ni se tendrá.

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