He bajado a la calle y me encuentro
con la imagen más deprimente de mí.
De pronto soy un patético personaje que deambula
hacia la repetición de la pesadilla especular,
la reiterada costumbre de ser el mismo
andando por un circuito de calles conocidas,
yendo a los mismos sitios, a los mismos comercios,
animal de noria, sumando pasos a los pasos
para llegar siempre al mismo sitio: una nada
redonda sin rumores ni cañaverales nuevos.
Yo no sé si soy yo que deliro
o es verdad que hay un cuervo que va dando saltitos
sin perderme de vista.
¿Un cuervo que me sigue?
Tampoco sé si es el mismo cuervo
o hay toda una parentela pasándose la consigna
de por donde pasea mi sombra.
¿Son mis amigos, que están a la espera de asistirme
porque prevén mi inminente colapso,
o están amaestrados por la policía?
Yo nunca hablé con un cuervo.
Metafóricamente sí. Cuervo real, no.
Ahí hay otro. Todos son iguales.
He de cambiar de ruta, no puede ser
que me encuentre con esta paranoia
cada vez que paseo por esta ciudad
orgullosa, sucia y levítica. Sin salida.
He salido a la calle y me encuentro
con mi fantasma;
mi fantasma es hijo de mi fantasía;
mi fantasía es un barro que modela
una mentira funcional;
la mentira que modela es
una apariencia favorable
para no espantar a la gente;
la gente que se espanta
modula el ritmo de la calle;
la calle está llena de fantasmas
que modelan, modulan y tiene miedo
del otro y de sí mismos,
fantasmas todos del teatro de la vida.
He salido a la calle llena de fantasmas.
Me he sentido un poco persona
cuando he ayudado a una señora mayor
a cruzar la calle.
Ayudar a los otros te hace persona,
te desviste de fantasma,
te desfantamiza.
Una conclusión afantasmada
es suficiente para volver a casa.
Salgo a la calle
y me tropiezo con mi sombra,
elástica y flexible
subiéndose por el muro,
deslizándose sobre todos los obstáculos,
descarnada o descarada, qué importa,
una sombra que vive fuera,
una sombra que necesita del sol.
Tengo otra sombra
que me sombrea por dentro,
se viste con los trapos de mi alma,
tiene su dominio, su independencia,
me manda, aunque no lo parezca,
es dueña y señora de la oscuridad,
penetrante y afilada y sibilina
a la hora de dejar sus recados.
Esta ama de llaves, con sus pasos lentos,
inaudibles, gobierna la casa
y decide si soy empático o borde.
Basta con que me guste una chica
para que me confunda y trabe mis palabras
y quede como un torpe y retrasado ratón.
En otras ocasiones propicia que me muestre lírico
y quede como un gilipollas en medio
del taller mecánico.
Tengo que hablar en serio con esa sombra.
He pensado dejar que haga lo que quiera
con tal de que me permita ser feliz.
Hoy toca comida con los colegas.
Distintos ámbitos, distintas personas.
Colegas laborales y colegas artistas.
Entre unos y otros, divisiones y subdivisiones.
En cada una de ellas, personas admirables.
G. correría una maratón para darte un recado.
J. abriría todas las jaulas de pájaros
para hacer feliz a su sobrina.
K. practica el vuelo sin motor para filmar a los gansos
en pleno vuelo.
B. recorre en bicicleta todos los caminos
que llevan a Santiago y todos los que vuelven a casa.
P. es experto en Las Montañas de Prades,
una especialización de los caminantes de la noche.
F. es un maestro acuarelista y monje secularizado
de todos los monasterios del románico catalán.
E. es un erudito local sin el cual
¡qué sabríamos de nuestro pueblo!
Hoy tocaba J. y R. que no necesitan ningún trago
para ser los compadres más felices
a este lado del Me-Río Ebro.
J. es afilador de cuchillos, bebedor de te
-hecho en teteras importadas de China-
coleccionista de diccionarios y zambombas.
R. es maestro en retórica
por la Universidad Singular de Salamanca,
experto en gastronomías peninsulares,
folklorista y especialista en crímenes novelados.
Salir a la calle, ir a un restaurante,
comer y hablar, beber y departir,
con estos colegas del buen yantar,
es de tal delicia, que uno no quisiera
morirse ni desvanecerse, ni amortajarse,
aunque, llegada la hora de marchar, uno se marcha,
que no hay que abusar nunca,
ni siquiera de lo bueno.
He bajado a la calle y veo
a mucha gente paseando perros.
No veo pasear peces, pájaros, reptiles,
halcones, salamandras, culebras…
No veo pasear gatos. Los gatos no se dejan.
Ellos pasean por su cuenta.
Perros de todos los tamaños y colores.
Una variedad inverosímil si pensamos
que todos devienen del lobo.
En la prehistoria el lobo fue un competidor
hasta convertirse en un aliado.
De aliado ha pasado a mascota,
en receptor de la sentimentalidad herida
del hombre sin atributos.
Hay esclavitudes que no admiten la vuelta atrás.
Ni los perros domesticados ni nosotros
podemos vivir en estado salvaje.
Solo los animales que no pasean con el hombre
podrían volver a su libertad de animales.
Pero claro, el hombre ama a los animales,
por eso les da su cariño o se los come.
Demasiadas contradicciones, para seguir en la calle,
así que me vuelvo a casa.
Otro día sacaré a pasear a mi pez en su pecera
He bajado a la calle y he comprobado
que aún hay gente que se ríe.
Suelen ser jóvenes.
Grupos que se reúnen en las terrazas
de las cafeterías.
Si la casualidad me permite
oír de qué va su felicidad,
compruebo de que es de una insustancialidad
impresionante, de una simpleza
imposible de comprender, de una tontada
ligera y bochornosa.
La vida del hombre parece compartimentada
por las etapas de la edad.
Esos jóvenes sienten devoción
por músicas insufribles.
Insufribles para mí que ya estoy en la etapa
de preferir el silencio a la música.
Cuando era joven como ellos, me pasaba lo contrario.
La música a todo trapo era el viento en la vela
de los navegantes antiguos que salían al asalto
de los tesoros de otras civilizaciones más ancianas.
Ahora yo soy el anciano sin tesoros que guardar.
Ellos son los jóvenes piratas con derecho al asalto.
Los motivos de sus risas son la salud de sus aventuras.
Yo me voy, no los soporto,
pero les deseo la mejor de las travesías.
Me voy reflexionando: el tesoro verdadero son sus risas
que ellos dilapidan como se dilapidan
todos los tesoros. Así es la felicidad, un derroche.
Voy a la librería a comprar un libro
y compro tres.
Paso por el santuario
y pongo una vela al santo.
Entro en la panadería
me llevo un pan y una sonrisa.
Necesito tinta de impresora,
marcho caminando por la sombra.
No me encuentro con nadie conocido
me gusta deambular por capricho.
Me encanta pasear con distancia,
la pandemia nos ha herido el alma
aunque, hay algo que tiene su gracia.
Maldita la gracia, dice el vecino,
que ha perdido el empleo y su destino.
Bajé a la calle y entré en el oeste.
Me gusta sentarme en la silla reclinada
sobre la pared de la cantina.
Me gusta la calle vacía,
el viento removiendo el polvo,
toda la melancolía de la llanura,
viendo, en el declive del sol,
la temblorosa espiga del jinete solitario
que se acerca con las fuerzas justas
de su esperanza de llegar a alguna parte.
Amo la decisión de un duelo.
El duelo de dos hombres
que no se andan por las ramas,
ni pierden el tiempo
en la vanidad de sus argumentos,
que apuestan con su vida,
el honor de ser dignos de respeto.
A la calle vacía, que sueña con un destino
de escenario de una tragicomedia,
hay que añadir:
la suspensión del aliento,
la voz callada, las hojas quietas,
el sonido de la harmónica
en la expectativa de una ventana.
El sheriff no entra en estas dilucidaciones.
Un hombre quedó tendido en el suelo.
Alguien corrió, pero nadie lloró.
Unos ganan, otros pierden.
La muerte de un hombre no debe ocuparnos
más allá de 24 horas.
Yo volví a la silla, a taparme los ojos con el sombrero.
La penumbra es la mejor luz del día.
Cuando llegué a la calle
se inauguraba el año 1970.
El año anterior Neil Amstrong
fue el primer hombre en pisar la luna:
“Un pequeño paso para el hombre,
un gran paso para la humanidad”;
en Gibraltar se casaron
John Lennon y Yoko Ono
y se finiquitaron Los Beatles;
nació Barrio Sésamo
del que aún soy capaz
de tararear alguna canción;
Led Zeppelin lanzó su primer disco
que he llegado a tener en Long Play
y ahora en CD, aunque no lo escucho.
Muchas efemérides que, pulsando un botón,
podemos evocar
en nuestra pantalla del ordenador.
De mi vida personal no recuerdo nada.
No suelo tener ese tipo de nostalgias.
Olvido todo, nombres, fechas, rostros…
Esa podría ser la señal inequívoca
de que soy un hombre vulgar,
que pasa por la vida sin dejar rastro,
ni siquiera para uno mismo.
Volví para casa
a ver si el tiempo había cambiado
y ya no llovía en la habitación.
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