Los muchachosLos políticos siempre quieren quedar bien.
Quedar bien es buscar un equilibrio
entre la mentira y la falsedad.
Un lugar para equilibristas, es decir, para políticos.
La mayoría son unos cobardes:
azuzan a las masas
y después nos llevan como perros de presa
para controlarlas.
Una esquizofrenia en la que siempre
cae alguien malherido o muerto.
Y no son ellos.
Ellos pueden perder el escaño, es decir, el salario,
de ahí sus componendas
entre la ley y la desobediencia.
A mi me expedientaron porque intenté
convencer a los compañeros,
de que cuando cargaran las hordas juveniles
contra los bancos y los comercios de lujo,
nosotros nos retiráramos y no reprimiéramos
ningún exceso de la juventud desaforada.
Muchos de ellos son sus hijos aburridos,
desengañados de sus padres.
Una guerra que no es la nuestra.
Que la diriman ellos.
Nosotros reculando y sin tirar ni una pelota.
Y cuando lo tengan claro,
que lo digan de verdad,
y no con la boca pequeña del mentiroso,
del manipulador.
Al final, corría el riesgo de afianzarme
entre los desesperados.
Un poco más de concienciación y hubiera acabado
ayudando a esos muchachos
en su labor de destrucción o limpieza.
La culpa
De pronto, ante un silencio demasiado extenso,
me siento culpable.
Hace un tiempo,
le hubiera dado vueltas a la consciencia
para saber dónde estaba la ofensa, la herida
que no me permitía dormir en paz.
Ahora sé que las acusaciones son fantasmas.
Que los reproches, aun pudiendo ser ciertos,
se agrandan en la mente de los ofendidos,
supuestas víctimas o víctimas reales
que se realizan o se entretienen en el victimismo.
Ahora sé, que los mecanismos de la culpa
no necesitan que haya un crimen verdadero
para llevarte al tribunal
que va a sentenciarte,
aunque ignores los cargos.
Tu propio tribunal, el tribunal de tu conciencia,
al que ahora le hago dimitir en bloque.
Quién quiera acusarme de algún delito,
que traiga las pruebas que lo demuestre.
Yo ya tengo otras cosas en las que ocupar mi vida.
Así que bay bay, pájaro azul, ahí te quedas,
enramado silbo sin sustancia, cremallera crónica
que sólo cierras la maldad minuciosa.
La FronteraSoy un hombre de frontera.
Hasta el límite donde se encuentra
la fiebre arbórea y el liquen insondable
no llegan los pasos de los novelistas necios.
Una cosa es el cine
y otra ver un cuerpo en descomposición.
Una cosa es narrar la muerte abstracta del ingenio,
y otra es taparse las narices por el sudor
de las bacterias de la corrupción.
Una cosa es descender
por el abismo salpicado de helechos,
y otra es sostener el perfil de la fortuna
en el muro de la desesperanza.
Soy un hombre de frontera.
En una parte declinan los que matan,
y en la otra,
los impertérritos que mandan matar.
La frontera entre la vida y la muerte
no natural, ejecutada por sicarios,
es una frontera en la que vivimos
nosotros y los lobos.
Los demás podéis disfrutar
del oprobio y el fútbol.
Busco su sombraDemasiadas raíces para la libertad,
demasiadas caléndulas para respirar,
demasiados gemidos para poder dormir,
demasiados éxtasis para poder morir.
Pocas las personas a las que tengo respeto.
Menos las personas a las que iré a su entierro.
Ninguna a las que saludaré con mis despojos.
Nadie verá el bordado lugar donde me alojo.
Jamás a sus pies rendiré ni una pleitesía.
Tengo una máscara cambiante para los días
que salgo a buscar el placer que me corresponde.
Busco su sombra perdida en un lugar sin nombre.
El nicho de la eternidadNos llamaron para levantar un cadáver
que un cazador encontró en una maleza
arbórea en medio de los Monegros.
Una curiosa mancha verde ferruginoso
rodeada de arena blanca, como una isla.
Se identificó al muerto: un lugareño
sin antecedentes, muerto por una brecha
en la cabeza. Un desaparecido desde
hacía una semana del pueblo de V.
sito a veinte kilómetros de allí.
En los trabajos de rescate se encontraron
un auténtico arsenal macabro de huesos
y armas oxidadas de todas clases:
una pistola Walman calibre 7,65
fabricación española, de los años 30,
una Charola Anitua semiautomática, una Glisenti
italiana, utilizada por las tropas de CTV, varios
revólveres desvencijados, 6 obuses de 75 mm,
en una caja abierta, aún sin explosionar,
fusiles Mauser M93, tirados como a la carrera,
“mexicanskis”, Paraviccini-Carcano, todo
de la última guerra civil. Cuchillos, machetes,
granadas, bombas, hachas, azadas, rastrillos…
Armas de los dos bandos medio enterradas,
cubiertas por una vegetación rala.
Huesos aguantando el perfil de sus propietarios abatidos.
Cráneos con sempervivum pegadas como lapas,
cuencas con polígolas, sutiles ramondas o sexifragas
abiertas como alcachofas. Occipitales florecidos,
tibias armónicas como flautas prehistóricas.
Helechos y musgos ramificados, fotocopias del cerebelo.
Un sustrato de materia orgánica.
Fascistas y antifascistas alimentando
la flora y la fauna de Aragón.
Bajo toda aquella tierra quemada por el sol,
los especialistas encontraron más cosas diseminadas:
Relicarios, exvotos de bolsillo, cruces de madera,
medallas religiosas, militares, conmemorativas,
urnas, estelas funerarias, porta velas romanos,
vasijas de ungüentos, de barro cocido, aspilleras,
ropa raída, gramíneas, huellas de incienso…
todo en aquellos treinta metros cuadrado
de matorrales cercados por los vientos de la historia,
vientos que habían llevado hasta allí
la memoria perdida de las desapariciones.
Un oscuro y aislado santuario dedicado a la muerte.
La muerte anónima que huye de la solemnidad.
Así como los vivos tenemos inclinación a juntarnos,
desde los pequeños pueblos a las grandes urbes,
así los muertos tiene la misma tendencia a pasar
el desgaste de la eternidad juntos y hasta revueltos.
La eternidad, intuimos, debe ser un tiempo muy largo,
y un lugar estrecho y muy frío.
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