Dijo el talmúdico rabino de la buena suerte:
Que tu alegría sea tan versátil
como las golondrinas cazando insectos.
Los insobornables puritanos
actúan como una piedra
sobre el caparazón de una tortuga,
añadiendo peso a los apesadumbrados.
Veloz por la avenida nocturna
de vuelta a casa después de una juerga,
se agradece el silencio y la soledad,
esas fórmulas de olvidar la vergüenza.
El hombre no debería apuntalar a su fantasma.
Ni gemir en medio de una noche de tormenta.
Ni dolerse ante la audiencia de la sensibilidad.
Ni in-sustanciarse para parecer humilde.
Ser humilde no es humillarse.
La lluvia tiene una diferente influencia
si cae sobre el mármol crepuscular
o sobre la tierra porosa,
así el amor,
infértil de paradigmas para unos,
llenos de cosechas oraculares para otros.
Al esconderse de la lluvia
el hombre encontró un refugio
lleno de alimañas
con las que aprendió
algunas tretas para sobrevivir
a los diluvios que circundan la vida.
La lluvia no moja al precavido
-dijo el discreto cazador de corales-
que multiplica su suerte por dos
y la ofrece a su esposa como una riqueza
regalada a los suburbios.
La lluvia levanta las tapas
de los desagües urbanos
y desata las risas
de los transportes públicos.
La lluvia, junto con la primavera,
inventó la filosofía
del eterno retorno.
Ardo en las contradicciones.
No tengo un deseo
tengo un bazar.
Odio y me olvido,
no puedo perder el tiempo.
Odio y perdono,
no soy puritano o integrista.
Soy lo más importante que conozco
después de ti y el hambre insaciable,
después del anochecer y su versión efímera.
La amistad es una moneda.
Con el paso del tiempo
se valoriza o se devalúa,
como la palmera del palmeral
cuando el viento no sopla a su favor.
Sin humor
ya te puedes ir labrando
un porvenir de asesino.
Hay que huir del peligro
tanto como de las tentaciones
-espejos enfrentados-
Huir siempre del ser humano, ser ajeno,
estar en prevención, vivir escondido;
De él, como del perro,
la sarna o la dentellada,
como del zorro, el engaño, la traición;
Tener su maldad congénita
bajo tu manto protector;
No perderle los ojos
a las serpientes venenosas,
ni a los animales que cocean.
Huir de las mujeres
que te hacen perder el sentido,
y no te ayudan a recuperarlo;
De las mujeres
que no te hacen perder el sentido
y administran mal tu hacienda
y te inducen
a la esclavitud de los deberes.
Para ellas es tan difícil encontrar
al hombre de su medida,
como para el hombre, encontrar la suya.
De este desencuentro de hombre y mujer
se derivan todos los males.
Quien lo encuentra, se encuentra,
y queda, por los dioses del azar,
bendecido hasta la muerte
y la memoria de la estirpe.
Para él sea la música de las aguas ufanas
La verdad es un camino de ida y vuelta,
por eso el rabino rabioso aconsejaba:
Estar siempre en disposición de desprenderse;
Que cuando se cierre una puerta y quedes en la calle,
aceptes tu destino de calle;
Ama tu esquina, tu rincón de costumbre,
tu porción de lluvia y frío, tu intemperie;
No dependas de la caridad del amo,
al que siempre le falta una r para ser amor;
Olvida el ego en cualquier estercolero
de las segundas oportunidades;
No tengas miedo de convertir una sala de espera
en una casa de paso, en un hogar de viento y marea,
en un festín de jilgueros liberados entre cerezos;
En general, no tengas miedo, domínalo antes de que te domine
y te lleve a comer hostias consagradas
a las fauces oscuras del túnel tabernario;
Ten despierto tu deseo para las mujeres que te deseen;
Entra en la autopista con la música dispuesta
para llegar a casa y dejar que el mundo siga
su tarea sensible.
Olvídate de mí. Yo siempre me desacredito para quienes
se hacen ilusiones conmigo.
Para evitar las malas cosechas
se aconsejan estos proverbios
de la experiencia neolítica:
No entierres ningún animal doméstico
en la tierra preparada para la siembra;
No cerques tus tierras con higueras, reserva una
para dar sombra a tu casa;
Recibe los rubís de los granados
a la orilla de los caminos;
No te prives del agua, tu eres tu propia cosecha;
Haz trabajar a tus demonios
a favor de tus promesas incumplidas;
Restituye y conserva las semillas,
ellas son el don irrenunciable.
Otros añaden:
Quienes no cuiden su propia tierra
no comerán en los malos tiempos.
De los crepúsculos se han dicho seis cosas:
Orientan el crecimiento de las montañas;
Regalan éxtasis de fortuna diversa
entre los adictos a la melancolía;
Ayudan a comprender la belleza
destructiva del fin del mundo;
Comunican horizontes a la comunidad extrema
de los hombres serenos;
Diversifican la suerte de los muertos
antes de partir;
Elevan la certidumbre al nivel de la incertidumbre.
Y algunos añaden:
Morir lejos de casa añade extrañeza a la extrañeza,
pero el crepúsculo, como un agua de luz, la apacigua.
En una hoja apócrifa de un libro de Jabès
que no llegó nunca a ver la luz de las imprentas,
se leen estos versos referidos a los riesgos morales:
Las pruebas del destino no son en vano;
Los animales que te acompañan en el sufrimiento
también necesitan tu compasión;
Aprovecha el dolor ajeno para adelgazarte
con el dolor propio;
No practiques la fornicación
en presencia de tus invitados;
Procura no darte un golpe en la cabeza
con el tronco de una higuera;
No corras, es de cobardes, pero date prisa,
es de diligentes;
Si aceptas el dinero de la corrupción
no admitas la traición de tus principios.
No comas mucho pan, guarda un poco
para los que te acompañan, gorriones y hormigas.
Las pirámides, que te preservan del desierto,
conectan a los muertos con sus dioses,
y a sus dioses, con el polvo y la nada.
Solo hay un dios verdadero que no conoces.
Él te conoce. No te creas importante.
Del agua del mar
se han dicho cinco cosas:
Que cura las heridas de los cuchillos oxidados;
Que desprende las costras que provoca el sol
en la cabeza de sus adoradores;
Que refleja el espejo de la luna en el rostro
de los adolescentes acongojados;
Que disgusta a las caballerías sedientas del desierto:
Que arde en el suspiro de los barcos que huyen
del horizonte común a la aventura personal.
Algunos también añaden
que corroe las construcciones de la avidez,
de los especuladores de las pasiones ajenas.
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