Los rostros del mundo (205) Oración XXXVI

Oración XXXVI

Señor, te comparo a la muerte.
Atiendes, imprevisible, aleatoriamente.
Nadie puede confiar en una respuesta exacta,
      en una norma precisa, en una regla, en un guion.
Tú decides cómo, cuándo y dónde.
A los demás no nos queda otra postura 
      que la del paciente,
el que queda a la espera, el pasivo.

Como tu hijo, que sufrió la pasión 
     y aguantó hasta la muerte 
la acción de los otros y tú, 
a tus cosas, como si todo eso no fuera contigo,
que vaya dios a saber en qué consisten tus cosas.

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