
Sueño con huir lejos, a una playa de blancas arenas, al lado de Lucy, de pechos dorados, de pechos tersos como solo la juventud sabe tenerlos. Sueño que sueño tumbado en la hamaca, tomando combinados de sabores limítrofes del ácido y la sal, entrando en el mar con mi tabla pulida, acompañando delfines que me abren caminos de agua y amistad salvaje. Sueño con ese paraíso de amor en la tierra pero llaman a la puerta y se presenta El Lobo con su largo lamento desesperado: ya le importa todo un carajo y está dispuesto para la muerte o la fiesta y acabar de reventarse la vida o acabar con la del cabrón que le ha quitado a su chica, Lucy de pechos dorados, de pechos tersos como solo la juventud sabe tenerlos. Me alivia la aprensión de que sus celos me enfoquen, saber que esa hermosura se está desparramando por el mundo y de que yo no he sido más que una estación de paso en esta vida de ferrocarril de vía muerta en la que sigo varado, perfecta para seguir soñando, salvo por Los Lobos que nunca superan el dolor del abandono.