Poemas Policíacos 3 – día 234

  
 No quieras saber la verdad
  
 No tardé ni una semana en ser uno más
 de los mendigos desahuciados
 en el sucio callejón sin salida.
 No me costó, tenía cierta inclinación 
 al abandono de toda esperanza.
 El jefe lo intuía, por eso me nombró
 para esa misión:
 “infíltrate y averigua quién los mata”
  
 Fue un descenso a un submundo,
 la cara oculta de la gran ciudad
 que miramos con asco a la luz del día,
 la frontera donde el hombre y la rata 
       compiten por los mismo deshechos,
 donde la miseria 
       es un hoyo en medio de la noche
 en el que se cae como la hoja inexorable
       del otoño.
  
 Por el súbito resplandor comprobé
 que la muerte salía del coche patrulla;
 que el disparo era el juego macabro
 de un policía psicópata, que tiraba al azar,
 con esa mezcla de aburrimiento y desprecio
 que se tiene por los mendigos degradados
 de un callejón sin salida. 
 Esa era la solución.
  
 Y hubo otra, más definitiva para mí:
 el abandono de la que había sido mi profesión
       desde que la soñé en mi infancia.
 Había llegado a un límite. Una frontera líquida
 en la que los buenos 
       -o los que trabajan para los buenos-
 pueden ser malos, y los malos,
 siguen siendo malos sin remisión.
 Saber la verdad, te cambia, aunque no quieras.
  
 Ahora soy libre para elegir mis propias misiones
 y cuando disparo, 
       disparo convencido de la muerte
 que voy a convocar.
         

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