Los rostros del mundo (81) Oración XXII

ORACIÓN XXII

Oh Señor!
¿Qué clase de pérfido energúmeno soy
al querer que le mandes un castigo
al cabrón de C.
como si yo fuera un privilegiado
que debe ser atendido en sus demandas?

Tengo ahora la tentación de que descargues contra mí 
el mal deseado a los otros, pero esa soberbia
tampoco debe ser atendida.

Ni destrucción ni autodestrucción
son buenas consejeras 
y ahora entiendo
tu sublime indiferencia ante los actos de los hombres:
cada cual debe seguir su propio camino 
de responsabilidad ante la vida, el bien supremo.

El cabrón de C. es el explorador de su cabronidad.
Yo tengo que resolver mi resentimiento.

Si somos libres 
comprendo que permanezcas al margen
de todas nuestras tribulaciones humanas
por elementales o crueles que sean.

Esa indiferencia, sublime, es prueba 
de tu existencia y nuestra libertad.

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