Los rostros del mundo (260) Kafka

KAFKA

El otro día conocí a Kafka.
Había oído hablar de él.
Sabía de su existencia,
de sus penosas excursiones 
por los laberintos de la burocracia,
de su pesadumbre por la falta de lógica,
de su angustia por la ausencia de compasión, 
por la insistencia desesperante 
      de las acusaciones arbitrarias,
de los juicios sin ninguna garantía legal,
de su aplastamiento por la maquinaria represora 
      del estado o las grandes corporaciones sin corazón,
acusado siempre de actividades sospechosas,
perseguido con insania por insidiosos empleados
      azuzados como lobos.

Kafka,
el solitario ante el desolado paisaje 
      de la vida moderna, la era de la tecnología
al servicio de la confusión y la desatención.

Sí, lo conocí personalmente.
Sentí que éramos colegas, más,
      hermanos de infortunio.
Ahí estaba esa empresa de telefonía
aprisionándome, asfixiándome 
      con unas demandas falsas, tramposas, aprovechadas,
ruines, inventadas por ellos,
acusándome de incumplir una “permanencia”
-eufemismo de lo que antiguamente
se conocía con el nombre de esclavitud-
acusándome y acosándome
como si yo fuera un delincuente
que los dejó en la ruina.

¿Y ese ministerio que está en manos de un comunista,
que hace recomendaciones de no comer carne roja
cuando nosotros somos la carne roja de las corporaciones
que nos quieren comer el alma y otras vísceras?
¿Dónde está? ¿No se abolió la esclavitud? ¿Dónde está?







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