Los rostros del mundo (234) Oración XLVIII –

Oración XLVIII

No entiendo nada, Señor,
nada entiendo, Señor, de la vida,
su variedad insondable, su impensable complejidad. 

Nudos que se encuentran con nudos
y quedan enredados en nudos superiores
imposibles de desenmarañar;

lo que se estructura, por un lado,
se desencaja por el otro,
de forma que, el edificio de la vida,
está siempre en un equilibrio precario.

La perfección, si existe,
no está en nosotros.
De ahí, nuestro afán de conocerte,
       nuestro deseo de encontrarte,
       nuestro impulso de ir más allá
de nuestra ignorancia congénita de ti, que es un nosotros.   

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