Juan Marsé – día 46

Si quieres ser un hombre amable aléjate de la gente.
Sobre todo de los aduladores. Su amor es seco.
Viene con alas decadentes, con sonrisas de fámulo,
las fingidas que se fungen con la sangre de los hechos.
 
Yo soy un hombre de palabras libres, sanas, sin eco.
No me gustan los gansos que nadan y guardan la ropa.
No puedo evitar entrar en controversias y conflictos
con todos los garrapas que viven de la sopa boba.
 
Hay que defenderse de la tristeza de nos arropa
en las madrugadas sin esperanza de los talleres,
de los tópicos que se crecen en las falsas confianzas
que enarbolan banderas contrarias a lo que parecen.
 
Soy fiel a mis amigos. Sus deberes son mis deberes.
Ellos me acompañaron en la vida y más, en la muerte.
Soy y no soy el que habla en mis libros. Mi imaginación
es verdad. No he tenido necesidad de estar presente.
 
Las mentiras vienen sin que las llame la mala suerte.
La realidad admite todas las representaciones,
pero las que fuerzan la máquina de los melodramas
y lloran aquello que ya no sufren, nos hacen peores.
 
El escepticismo reboca el sentir de mis visiones.
Los listos que nos prometen el paraíso o la luna
pretenden ser lo que no son: valientes y generosos.
Gentes trapaceras que no enseñan sus manos desnudas.
 
Los versos nunca se me dieron bien. Tuve la fortuna
de tratar a los mejores poetas de aquellos días
de miseria y negación. De sus ejemplos aprendí
que la prosa malea los sueños de la poesía.
 
Oigo las palabras como el músico sus melodías,
una y otra vez, hasta que el acorde más afinado
vierte la intuición en acierto. En el trabajo lento
madura todo, desde la compasión hasta el sarcasmo.

      

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