Todas las noches de aquel verano salía a pasear circunvalando el camping. En la zona más apartada y oscura del paseo se juntaban algunas ratas que se dispersaban a mi paso y volvían a juntarse cuando me alejaba. No sé lo que estarían royendo pues trataba de alejarme deprisa por el asco que me daban. Un día dejé de ver ratas y empecé a ver gatos, casi todos negros. Al principio eran dos, a los pocos días eran ocho, cuando quise darme cuenta eran más de veinte. Un espectáculo espeluznante. Una versión gatuna de Los pájaros. He de reconocer que llegué a pasar miedo. Los primeros días, los gatos se apartaban a mi paso. Después, ocupaban el paseo y no se movían del sitio y era yo el que buscaba un escape. Los gatos, impasibles, me miraban como diciéndome: tienes miedo, y en verdad un escalofrío me recorría la espina dorsal. Decidí no volver a pasar por el mismo sitio. Evitaba esa parte de la circunvalación. Veía los gatos desde otra esquina del recorrido, hasta que un día dejé de verlos. Encurioseado, volví al antiguo camino. Efectivamente, ya no había ningún gato. Había un perro, un rottweiler que me miró como diciéndome, tienes miedo, y en verdad se me puso la piel de gallina. Días más tarde, había una jauría de perros de mil leches diferentes. Una manada en busca de un destino. Volví a la alternativa del paseo que encontré en mi primera huida, hasta que un día dejé de ver perros. Tal vez aún conservaba un poco de curiosidad, pero mi lógica deductiva me decía que no entrara en esa parte del paseo. Siguiendo la cadena propia de los test de inteligencia, después de los perros, pensé, debe haber un tigre. Las ratas, los gatos y los perros aún se piensan lo de atacar a un hombre, pero un tigre no. Así que salí pitando hasta la recepción del camping y avisé a los guardias. Pero hombre, -me dijeron- ¿Cómo va a haber un tigre? ¿de dónde quiere Ud. que salga un tigre, aquí en Cambrils, destino turístico universal? Pedí la cuenta. No iba a permanecer ni un minuto más en este lugar de gente tan ilógica.